Muy cerca del cielo

Bután es un pequeño reino situado en las alturas del Himalaya como un nido de águilas. Desde hace siglos los creyentes giran los molinos de la oración para obtener así una reencarnación favorable. Hasta hace poco no mantenían contacto con el mundo que se halla debajo de su misterioso reino.

"Cuando llegué aquí en automóvil en 1962...", recuerda el padre Van Walleghem, "...los trabajadores se fueron corriendo, huyeron hacia el bosque porque tenían miedo de la máquina traqueteante que se movía por sí sola." El año 1962 marcó la época de transición, se empezó la construcción de la primera carretera.

Hasta entonces el pequeño país -apenas tan grande como Suiza y poblado tan sólo por 700.000 habitantes -había estado aislado del resto del mundo, como un nido de águilas en las alturas del Himalaya. No había electricidad ni cañerías de agua, a los butaneses les bastaba para vivir lo poco que obtenían del campo y los animales. Quien quería aprender algo, estudiaba los textos sagrados en un convento. No existían escuelas y los butaneses no sabían nada sobre el resto del mundo. Y el resto del mundo tampoco sabía nada sobre Butan: en los últimos 300 años solamente 13 expediciones habían tratado de averiguar algo sobre el 'país del dragón'.

El forastero que viaja por los valles y montañas pertenece al grupo de los pocos afortunados que reciben un visado y pueden conocer un país completamente distinto al resto del mundo.

El programa de gobierno del reino es único: "La renta 'per cápita' nunca debe aumentar más rápidamente que la felicidad 'per cápita' ." Bajo este lema tomó Jigme Singye Wangchuk posesión de su cargo en la regencia hace 25 años. Tenía 17 años cuando fue elegido para dirigir su país. Poco antes Bután había decidido dejar de ser el único país que restaba aislado del resto del mundo.

Sólo 180 kilómetros separan Timbu, la capital, de la frontera con la India en el sur del país. En la época del monzón se tarda un día en hacer ese recorrido, la niebla dificulta la visibilidad y las cascadas de agua caen por las pendientes hasta la carretera que conduce al nido donde habitan 40.000 personas, es la única metrópolis del mundo en la que no hay semáforos.

Un alud de guijarros ha hecho desaparecer la pista de alquitrán. Camiones y jeeps están parados en un atasco de varios kilómetros, casi todos los que intentan subir la pendiente se quedan atrapados en el barro. Una oruga empuja a los vehículos atascados en el lodo hasta llevarles a la cima.

Cuatro "niñas de los guijarros" se ocupan de reparar la carretera, con sus manos como única herramienta escogen las piedras, las ponen en un trozo de tela y con gran esfuerzo las colocan en los surcos que han dejado las ruedas.

En el automóvil del padre Van (74 años) que visita a los cristianos de la capital una vez al mes, viaja también un joven ingeniero butanés que es el encargado de la construcción de las instalaciones solares y de los proyectos de gas biológico en todo el país. Ya hace tiempo que la técnica dejó de ser tabú en Bután, sin embargo, ésta se aplica de una forma completamente distinta al resto del mundo. El Ministro de Finanzas, Lyonpo Yeshey Zimba, nos informa de buen grado. El vive en el Dzong, un templo que es residencia del gobierno y convento a la vez. Lyonpo Zimba es un hombre de casi cincuenta años con lentes con montura dorada y calva inminente. Por el mantón naranja sobre el traje nacional se reconoce su alto cargo. "Bután ha sido el último país del mundo que se ha abierto al desarrollo económico y tecnológico, eso nos da la oportunidad de evitar todos los errores que cometieron antes otros países."

En el 'país del dragón' casi nadie habla de la protección del medio ambiente, pero todos la practican. Para los budistas la naturaleza es sagrada. En Bután no hay basuras y no está permitido talar árboles arbitrariamente. "La mayor parte de nuestros ingresos públicos provienen de la venta de electricidad a la India", dice el ministro. "Todas las centrales de energía hidroeléctrica son subterráneas para no perjudicar al paisaje."

A pesar de todas las limitaciones, las condiciones de vida en Bután han mejorado considerablemente. La mortalidad infantil se ha reducido en pocos años a menos de la mitad, casi el cien por cien de los niños y niñas butaneses van a la escuela y la asistencia sanitaria es gratuita.

El ministro pide que sirvan el té. En las paredes de la confortable estancia en la que trabaja cuelgan imágenes religiosas, un retrato del rey y una foto de los niños del pueblo. "Hemos conseguido un nivel de vida que supera con creces el de los demás países del Tercer Mundo. Luchamos por el desarrollo para todos, nadie pasa hambre ni necesidades". Para las organizaciones de ayuda Bután es un destino de ensueño, pues en el pequeño reino no hay corrupción y casi todos los proyectos se desarrollan con un éxito incomparable al del resto del planeta.

Unos monjes vestidos con túnicas rojas recitan oraciones de los libros sagrados en una capilla. Después toman las trompetas y tambores y originan un redoble ensordecedor seguido de una oración traqueteante como si se tratara de un viaje en tren sobre vías llenas de baches. Ante el altar el brillo amarillo de las "lámparas de mantequilla" baña de luz pálida las imágenes multicolores. Los creyentes giran los molinos de la oración, que son tan grandes como columnas de anuncios. "Om Mani bene hung", "Dios, concédeme una buena reencarnación", reza la plegaria que, acompañada del sonido de una campanita, debe acercar los molinos rotantes al cielo.

En Bután hay un templo por cada 40 habitantes, y en todos los hogares los budistas se inclinan ante las imágenes de las deidades. La vida de los devotos es como una conexión con el cielo que nunca se pierde.

El Dasho Karma Dorgi (45 años) viste el traje nacional, una amplia túnica con puños blancos. El Dasho es el jefe del departamento de energía, un alto funcionario que actuó como embajador en la ONU en Nueva York. ¿Cómo ha conseguido Bután pasar de ser un país agrícola no desarrollado a pertenecer al grupo de los países industrializados?

"El desarrollo de la sociedad no es solamente un crecimiento económico", dice el manager con convicción, "el desarrollo sólo es positivo cuando conlleva felicidad. " Pero para ser feliz, el hombre necesita un hogar espiritual.

El Dasho conoce el estilo de vida occidental, durante seis años estuvo trabajando en América. "No debemos olvidar que Dios está con nosotros, si no, la vida se convierte en un desierto y el hombre pierde la felicidad. " Sin embargo, hoy en día en occidente "los hombres ansían dinero y aventuras, y cada vez están más descontentos." Los budistas recomiendan "que os toméis tiempo para rezar y reflexionar. Presentad vuestros problemas a Dios y podréis sentir la paz." El significado de los valores de la vida humana lo aprendió de los jesuitas, dice el Dasho, un hombre modesto que superó un ataque de apoplejía y que está agradecido de poder disfrutar de una "segunda vida".

Los jesuitas juegan un papel importante en la historia reciente de Bután. No solamente el rey, sino casi todos los ministros fueron a la escuela en Darjeeling, en la India. Bajo la tutela de los sacerdotes aprendieron inglés y matemáticas y ampliaron sus conocimientos sobre el cristianismo. También fue un jesuita, el padre William Mackey, quien introdujo en Bután el sistema de escolarización.

Padres que hasta hace poco no sabían lo que era la formación, crearon grupos de construcción y edificaron escuelas para sus hijos pagando ellos mismos todos los gastos. Uno de cada tres colegios de Bután es una "escuela comunitaria".

Tal movilización de la población es como un pequeño milagro en el accidentado país montañoso, en el que la mitad de los habitantes vive a un día de viaje de la carretera más cercana. El milagro es posible gracias a la democracia butanesa. El rey viaja periódicamente en un todo terreno a través del país para hablar sobre las novedades con sus funcionarios y ciudadanos.

De ese modo se decidió antes de 1962 la apertura del país y los butaneses dieron su aprobación a la construcción de la primera carretera. Desde aquel momento han cambiado mucho las cosas. Pero la fe budista y la estrecha unión entre el rey y su pueblo garantizan que Bután seguirá siendo durante mucho tiempo un país  “distinto al resto del mundo”.

Toni Görtz

Vivir para obtener una buena reencarnación

En la capital de Bután, alrededor de una "capilla" budista los creyentes giran durante horas sus molinos de la oración mientras murmuran: "Oh Mani bene Hung", "Dios, concédeme una buena reencarnación". El budismo en Bután no es solamente la religión del estado, está presente en todos sitios: hay un templo por cada 40 habitantes, sin contar las capillas que, por supuesto, existen en todas las viviendas.

Los creyentes están convencidos de que las acciones llevadas a cabo durante la vida repercuten en la reencarnación. Por eso se realiza un gran esfuerzo para ser "bueno" con la esperanza de poder evitar el ciclo de las reencarnaciones y llegar al nirvana o por lo menos disfrutar de una existencia agradable en la próxima vida.

Esto se consigue mediante prácticas y rituales religiosos, por ejemplo a través de las oraciones en el altar de casa, mediante las ofrendas de "lámparas de mantequilla" o con regalos a los monjes y conventos.

Muchos budistas creen que el diálogo con el cristianismo es enriquecedor. El Ministro de Finanzas de Bután, Lyonpo Zimba, que se educó en una escuela católica, dice: "Gracias a la Iglesia aprendí valores muy importantes: justicia, humanidad, amor al prójimo. Son cosas que no quisiera perder."

Ante el lecho de muerte del padre Mackey

"Cuando el padre Mackey se hallaba en su lecho de muerte", recuerda el padre Van Wallenghem, "me llamó la madre del rey para que fuera inmediatamente. No se había movido de su lado durante todo el día." La relación entre la Iglesia católica y el gobierno butanés es muy especial a pesar de que la religión que reina en el estado del Himalaya es el budismo.

Cuando el padre Mackey todavía daba clases de matemáticas en Darjeeling, en la India, el futuro rey de Bután fue uno de sus alumnos. El padre impresionó tan profundamente al príncipe que éste le pidió que creara un sistema de escolarización en Bután.

William Mackey fue consejero del rey e inspector general de educación hasta que falleció en 1995. Fue el único extranjero que recibió la nacionalidad butanesa. Para él su tarea consistía en "llevar el testimonio de Cristo a un país prohibido para los misioneros". El padre Van calcula que actualmente existen unos 220 católicos en Bután. La mitad de ellos -la mayoría es de origen nepalí -asiste regularmente a la celebración de la misa. Los demás viven su fe en la intimidad, fueron bautizados hace algunos años por salesianos que tuvieron que abandonar el país por llevar a cabo "actividades misionales demasiado agresivas".

Un feligrés recuerda: "cuando murió el padre Mackey, los cristianos nos sentimos perdidos. Ya no teníamos pastor. Ahora agradecemos que cada mes venga a vernos un sacerdote."