El hermano Paride

Desde hace casi 20 años el hermano Paride Taban es obispo en el sur del Sudán, un país en guerra.

Ahora quiere ser un "sencillo misionero" de un "pueblo desconocido" en su diócesis.

El día empieza con una hora de gimnasia. El obispo Paride Taban corre la cortina que separa la cama del resto de su "residencia episcopal": una mesa con tapetes de ganchillo, un sillón, un teléfono por satélite. Unas fotografías descoloridas adornan las rudas paredes de barro de la cabaña en forma de círculo que está cubierta de hierba.

A lo largo de los años ha tenido que aprender a vivir con austeridad. Un vaso de agua caliente y una ración de cereales son suficientes para desayunar. Sin carne, sin café y sin una gota de alcohol. Así es como se mantiene en forma el obispo de barba canosa que ya cuenta 63 años. En forma para una vida que transcurre entre las bombas y la oración.

Poco después del desayuno ya está sentado al volante de su Landrover. Como obispo sigue siendo un misionero errante, siempre de camino visitando a su gente, un pueblo sacudido por lustros de guerra civil en el Sur del Sudán. Atraviesa ríos y baches tan profundos que llegan hasta las rodillas con habilidad y destreza, le encanta conducir.

Los pinchazos de los neumáticos y las averías del cambio de velocidades no tienen secretos para él.

" ¿A dónde va a ir a parar la Iglesia si nombra como obispo a un camionero en lugar de un teólogo?", bromeó Paride, que es mecánico de automóviles, cuando la Iglesia le otorgó en 1980 el obispado de la, en aquel entonces, recién fundada diócesis de Torit.

Desde entonces sigue los pasos de sus perseguidos compatriotas hasta los rincones más apartados del obispado. "Peina" la zona -con 100.000 kilómetros cuadrados de extensión casi tan grande como Nicaragua -de la mañana a la noche, a veces abastece a la gente de alimentos, ropa o medicamentos, otras veces llega con las manos vacías sin nada más que palabras de consuelo y de ánimo para ellos.

"Compartimos lo que tenemos", el pone en práctica esta frase. Cuando los rebeldes asedian la ciudad episcopal, Paride comparte con la gente el hambre y el dolor. Pero las existencias se acaban rápidamente y nadie tiene fuerzas para cavar tumbas y enterrar a los que han muerto de hambre. Entonces el obispo regala su último bidón de gasóleo para cavar una fosa colectiva con el bulldozer de la empresa constructora de carreteras. Después Taban no tiene nada más que compartir excepto "nuestro sudor, nuestra sangre, nuestras lágrimas". Pero él nunca abandona a su gente.

En la diócesis de Torit vive más de un millón de personas. Aproximadamente la mitad son fugitivos procedentes de otras zonas del sur del Sudán.

El obispo se siente responsable de todos ellos "como una madre", dice Taban. Sin tener en cuenta religión, tribu o vinculaciones políticas. "Hablo con todos ellos, como lo que comen ellos, visto ropas sencillas como ellos", responde encogiendo los hombros cuando se le pregunta por qué es amado por todos de esa manera. "Quiero ser accesible para todos, como lo era Jesús."

Por eso los dirigentes políticos y militares de ambos bandos le profesan gran respeto. Allá donde surge un conflicto, piden al religioso que haga de mediador. Taban les cuenta historias y parábolas, "y a menudo acaban comiendo del mismo plato en señal de reconciliación", dice el obispo con alegría.

Pero no deja de reprender con advertencias severas a quien se lo merece. "La Iglesia", subraya Taban, "no es la única responsable del diálogo político y la reconciliación. Yo sólo ayudo a la gente a que resuelvan sus problemas por si mismos. Tienen que aprender a asumir responsabilidades y a contribuir para lograr un futuro mejor."

Los gobernantes de Jartum desearían deshacerse del incansable obispo lo antes posible. No solamente porque defiende los derechos de su devastado pueblo a nivel internacional, sino también porque, como invitado de sus numerosos amigos europeos y americanos, denuncia los crímenes que se cometen en su país.

Y su corazón llora cuando los gritos de ayuda pidiendo justicia no encuentran eco entre la opinión pública mundial.

"El pueblo israelita tardó 40 años en acabar con la esclavitud en la tierra prometida. ¿Cuánto tiempo tendremos que seguir luchando para conseguir la libertad, la autodeterminación y la justicia?" clamó el obispo por última vez en 1998 ante el Consejo Ecuménico de las Iglesias. "¡No cerréis los ojos ante la injusticia en nuestro país! No digáis nunca que cualquier esperanza es vana, pues sólo conseguiríais que los sudaneses que sufren perdieran el ánimo que tanto necesitan para sobrevivir."  

Paride Taban ha dedicado casi toda su vida al sacerdocio en una zona bélica. "Mi cuerpo y mi alma aceptaron la situación", dice con mirada melancólica. " A pesar de todo nunca me he podido resignar." Entre los peligros del combate, incluso entre bombardeos, Taban nunca ha abandonado a su gente. Ha visto morir a miles de ellos y a veces sólo los puede enterrar con una sencilla oración. A menudo se encuentra entre los dos frentes. Cuando Torit cayó en manos de los rebeldes el obispo fue tomado prisionero. Enflaquecido hasta casi perder la vida, salió de la prisión después de 100 días de cautiverio, su casa fue devastada y finalmente tuvo que huir.

En el "desierto", la zona más apartada de la diócesis, volvió a empezar de cero con unos pocos creyentes, desde allí se ocupaba los asuntos del obispado. Diariamente mantenía contacto por radio con sus sacerdotes utilizando nombres falsos por motivos de seguridad. Cuando hablaba 'Bravo Papa Tango' todos sabían en que era el obispo Paride Taban.

Ahora, después de 36 años, el obispo quiere retirarse de su cargo. "No quiero jubilarme cuando sea viejo e inútil", bromea, y sus ojos brillan cuando habla de sus planes para el futuro. Está buscando a alguien que le enseñe la lengua de los Katchipos, dice el obispo, que además del inglés y el árabe domina casi todos los dialectos locales.

Nos cuenta que los Katchipos pertenecen a una tribu que "descubrió" hace pocos años en su diócesis. "Son personas que no conocen la política ni el Evangelio y las creencias de la civilización no les afectan, pero si la guerra." Taban quiere concluir su sacerdocio como misionero entre los Katchipos.

Muchos de sus amigos le preguntan si se siente cansado o decepcionado. El obispo Paride niega con la cabeza. "El nombre de Taban significa 'cansado' o 'agotado', pero yo mantengo todas mis fuerzas porque sé que Dios me ama", responde con sencillez. Y añade después con gesto pensativo: "Sólo aquel que se abandona a sus propias fuerzas será decepcionado. Quizá no hayamos rezado lo suficiente durante todos estos años. Hablar no es suficiente. Ahora tenemos que seguir rezando. Con ese fin se retiró durante varias semanas a Israel antes del cambio de milenio. En raras ocasiones y sólo ante la apremiante insistencia de sus amigos se permitía dejar su consuntivo trabajo para hacer una pausa. Cada mañana, poco después de las cinco, Paride se dirigía a las afueras de la ciudad de Jerusalén, hacia el lugar en que según la tradición lloró Nuestro Señor. "Observaba las tumbas en el Monte de los Olivos -me recordaban a los miles de esqueletos en los montes del sur del Sudán, y lloraba por mi país.

Tras una pequeña pausa sonríe satisfecho: "Jesús, ¿dónde estás? , preguntó una y otra vez durante su primera visita a Tierra Santa. " Aquí seguro que no", le contestó al final. "¡Me hallarás en el Sudán junto a los tuyos, junto a los que sufren!"  

Veronika Buter