Sacerdotes misioneros en Europa procedentes del continente africano. Para muchos es un mundo al revés
El pequeño Florian, que tan sólo cuenta dos años de edad, abre la puerta de la casa, hace gorgoritos de alegría y apunta sus labios con una mirada esperanzadora: Frederic Binansango se ríe, se agacha y recibe en la mejilla un beso de bienvenida. El párroco congoleño de 37 años casi forma parte de la familia. A menudo visita a Suzanne y Rene Carabin, los abuelos de Florian, que son maestros de escuela. Con ellos comenta sus clases de catequesis, se informa de la opinión de los feligreses sobre sus celebraciones de la misa para niños o sencillamente se toma un café.
"Conocemos a Frederic desde que llegó a Bélgica hace cinco años", comenta Suzanne Carabin, de 52 años, mientras toma asiento junto al sacerdote. "Ja, ja", se ríe, " ¿recuerdas el frío que pasabas al principio? En el Congo la temperatura era de 37 grados y aquí en Disón temblábamos de frío a 20 grados bajo cero."
Frederic coge la taza de café. Si, han pasado muchas cosas desde que aterrizó en Bruselas procedente de Kinshasa aquel 29 de noviembre de 1994. "Como misionero la vida es una aventura", Frederic sonríe con satisfacción. Cuando terminó la carrera de teología en el Congo la aventura empezó a llamarse Disón, el nombre de una pequeña ciudad obrera belga de unos 10.000 habitantes. La mayoría de ellos ya no se interesa por la Iglesia.
Frederic comparte un apartamento muy cercano a la iglesia con tres de sus compañeros. A la sombra de un impresionante puente de la autopista, las fachadas del barrio se caracterizan por una pátina negra. Los zumbidos de los camiones que pasan a gran velocidad por el puente se oyen en todas las habitaciones de la vivienda. "Uno se acostumbra a este ruido", dice el belga Jules Paltermann, de 68 años, que pasó más de la mitad de su vida como misionero en el Congo. El ha presenciado con frecuencia ruidos de tal intensidad, pero relacionados con la guerra, igual que el hermano Jacques Brisbois, de 67 años. Ambos viven como una "familia media" junto con los dos sacerdotes africanos Frederic Binansango y Pontien Kabongo (42 años). Entre los cuatro se ocupan de cinco comunidades del distrito de Verviers.
" A lo que no me podré acostumbrar nunca...", dice el que fuera misionero en el Congo mientras sacude la cabeza, "... es, por ejemplo, a que una pareja que desea contraer matrimonio nos diga: “¡pero por favor que no nos case un sacerdote negro!”. “ Pontien se ríe y señala con el dedo a su compañero: "Jacques se irrita por esas cosas." Tras doce años de experiencia laboral en Bélgica el
congoleño ya no se altera. "Tenemos que dar tiempo a la gente para que aprendan a apreciar cosas que aún son desconocidas para ellos." Para él es más importante que la gente exprese sus pensamientos abiertamente.
Pontien y Frederic experimentaron reacciones de rechazo cuando llegaron a Bélgica como misioneros. "¡El negro que no entre en mi habitación!" decían algunas señoras mayores de la residencia de ancianos. "Hoy las mismas personas preguntan por mí cuando hace días que no las visito." El miedo al contacto físico se daba sobretodo en personas de avanzada edad. No solamente por el hecho de provenir de otra cultura, sino por el nuevo modelo de organización que pone a disposición de los feligreses a cuatro sacerdotes con igualdad de derechos. "De repente ya no había nadie que tuviera la última palabra en la comunidad", recuerda Suzanne Carabin." "Cuatro sacerdotes procedentes de culturas diferentes provocaban inseguridad entre los católicos", piensa, "pero actualmente la gente sabe apreciar la variedad. "
Pontien también opina que se llegó a desarrollar una discusión. " Al fin y al cabo nosotros no traemos la Buena Nueva sino que la vivimos en comunidad." El congoleño se considera una especie de trabajador social. Pontien recuerda sus sueños infantiles: "las profesiones que me interesaban eran las de periodista, abogado o sacerdote." Eran metas muy ambiciosas para el hijo de una cristiana que no sabía leer ni escribir. Su padre falleció cuando el apenas contaba cinco años. De niño fue a una escuela católica y le fascinaba aquel "famoso abogado de los débiles", Jesucristo. "Por eso me puse a disposición de Dios."
Se acaba la jornada laboral en Dison. Pontien se encuentra en un atasco entre conductores que gesticulan y hacen sonar las bocinas. "Esto es la vida. Desde el púlpito sólo llegamos a unas pocas personas", dice mientras busca su teléfono móvil para avisar de su retraso. Prefiere visitar a la gente allá donde están los problemas y las preocupaciones, por ejemplo en el centro juvenil del
movimiento cristiano de los trabajadores, del que fue presidente durante siete años. El párroco es apreciado por mucha gente perteneciente a los más variopintos proyectos, desde un equipo de fútbol hasta el grupo de autoayuda de chicos y chicas sin empleo.
Él tiene su propio estilo cuando sigue los pasos de Jesucristo: no espera a que los creyentes vayan a la iglesia, sino que toma la iniciativa y visita asociaciones de distintos tipos y grupos de autoayuda. "La sencillez es lo más importante en nuestra profesión", dice Pontien con convicción "con ella un sacerdote se puede relacionar fácilmente con otras personas." A sus compañeros europeos también les recomienda liberarse de la idea de que el éxito se mide por el número de asistentes a la celebración de la Eucaristía. "No conozco la receta mágica para que la iglesia se llene, pero ese tampoco debe ser nuestro objetivo. Lo que importa es que exista una generación joven de creyentes", esa es su experiencia. Los jóvenes se asustan ante una institución tan seria como la Iglesia. "Pero quien se relacione con la juventud se sorprenderá al comprobar que están dispuestos a comprometerse por los demás."
"Pontien no viene a rezarnos el Ave María, con él se puede hablar de todo", comenta Jean-Claude Coninx, un soldador de 24 años. "Cuando nos conocimos, hace siete años, apenas podía creer que fuera un sacerdote." Su amigo asiente con la cabeza. "Yo creo que a todos nos sucedía lo mismo. Recuerdo el bautizo de mi pequeña sobrina: Pontien cayó como un rayo en tiempo sereno cuando entró en la iglesia." "Para nuestros ojos hoy él es tan blanco como nosotros", dice la secretaria entre risas.
Pontien, que viste vaqueros y jersey de lana marrón, coloca los brazos en jarras mientras dice: "bueno, en realidad me he vuelto tan "blanco", añade el párroco mientras guiña un ojo, que en el Congo me toman por un fanático de la puntualidad. Cualquier misionero debe abrazar de todo corazón la cultura en la que se mueve."
Sin embargo, Pontien y Frederic no han dejado atrás la cultura en la que crecieron. "En el Congo trabajábamos de un modo distinto", opinan con convicción. "En Europa la sociedad es más individualista", dice Pontien, "y nuestra tarea es conseguir que las personas se acerquen más al prójimo. Si una persona está sola, se siente, pero cuando descubre los puntos que tiene en común
con los demás se fortalece." En África la vida en comunidad es algo muy importante, Pontien, como congoleño, lleva en la sangre esa forma de ver la vida con la que quiere ayudar a los cristianos europeos.
Trabajar como misionero manteniendo el punto de vista del lugar de procedencia contribuye a enriquecer el mundo, en eso están de acuerdo los dos religiosos congoleños. Pero no creen que tanto ellos mismos, como sus compañeros africanos tengan que suplir la escasez de sacerdotes que actualmente reina en occidente. "¡No somos ruedas de repuesto!"
Los sacerdotes africanos no tienen que venir a trabajar en Europa para suplir a nadie, opinan los dos "inmigrantes". Tampoco se debe llegar al extremo de que los religiosos africanos vengan a Europa atraídos por el dinero o el alto nivel de vida. "Europa necesita padres espirituales que se sientan misioneros de fondo. Alguien que no se pueda adaptar a una cultura distinta a la suya, nunca conseguirá impulsar nada, y menos a los católicos que están cansados de la Iglesia. " "Pero como podéis comprobar", replica Suzanne Carabin "vosotros dais nuevas fuerzas a la Iglesia en Disón." Suzanne empieza a tararear mientras castañetea los dedos: (¿cómo era el Aleluya africano?" Frederic da el primer tono y juntos rinden espontáneamente un pequeño homenaje a Dios. "Es maravilloso", dice la maestra con entusiasmo. " Así la Iglesia también logra fascinar a niños y jóvenes. Vosotros dos traéis calor humano, es la riqueza de África."
Suzanne se reclina en el sofá y acaricia el cabello del pequeño Florian. Para su generación llegará un momento en que será absolutamente normal que los misioneros traigan la Buena Nueva desde el continente negro. "Todo el mundo sabe que en el futuro África evangelizará Europa", dice Suzanne Carabin totalmente convencida mientras acompaña a Frederic a la puerta y coge a Florian en brazos para que pueda darle al sacerdote un beso de despedida. Stefanie Hielscher |